1 may. 2009

Vicisitudes.

Da la sensación de que el comportamiento social, hoy está marcado por campañas orquestadas que mantienen a la población en vilo obsesionada con ciertos silogismos que emanan de la realidad pero combinados al antojo y ampliados por los medios, condicionan el comportamiento de las masas.

La repercusión y la intensidad de las campañas varia según distintos factores que afectan a las prioridades del individuo. De ahí que unas preocupaciones adquieran más calado global que otras.

Como parecemos empeñados en que las preocupaciones nuestras sean las de todo el planeta y nos hemos ocupado en mantener una red de comunicación eficaz, no hay problema en buscar, definir y transmitir las inquietudes globales.

Salud, dinero y amor, que canta la canción popular, parecen las prioridades (¿Por éste orden?) de la humanidad. De tal manera cualquier consigna que las afecte es susceptible de adquirir una mayor relevancia. No hay mas que echar una mirada a la actualidad, con una corta retrospectiva, y sobre el fondo de rentables guerras; de sucesos, catástrofes y hambrunas y de la incipiente inquietud por la rentabilización de la ecología, destacan puntualmente “Vacas locas” “Gripe aviar y porcina” (Pobres animales, qué culpa tendrán) “Crisis económica”, como el exceso de barrica en un vino que dificulta los sentidos.

Esta visión simplista pero digestible se complica al comprobar que las inquietudes humanas de supervivencia son susceptibles de valoración. Las enfermedades tienen un precio, las guerras, el hábitat. Cada cosa que hacemos tiende a ponderarse, algunos dirían que hasta el amor. Así, cada vez es más difícil vivir sin valoraciones.

Claro que toda esta preocupación global condiciona los usos y costumbres locales y los diluye para mejor digestión de otros pueblos que, lejos de la esencia y las vicisitudes. las adoptan a conveniencia.

Casi siempre viviendo donde nací, he visto como el vino formaba parte de la alimentación y de las costumbres, en todas las clases sociales. En la economía agraria diversificada tenía su importancia como producto agrícola, aunque no condicionaba por completo, como ahora, a otros productos de cultivo.

Era cuando la viña se plantaba e injertaba al gusto. Un sarmiento de la viña de fulano porque me gusta su vino. La planta madre en el majuelo, al lado la brevera, el melocotón, el membrillo, la cepa de “teta de vaca” para postre y deleite de pequeños vendimiadores. Un concepto distinto al actual de producción rentable destinado al placer de consumidores lejanos que profesan leyendas y sabores globales.

Y no es que quiera dejar entre líneas que el auténtico disfrute del vino se halle exclusivamente en el cogollito de la zona de producción. Ni que los productos han de elaborarse al gusto de quienes los producen. Pero no comprendo como se puede satisfacer a nadie, si uno no está satisfecho con lo que hace. Esto en el amor se llama prostitución.

Otro día hablaremos sobre el consumo de vino en esta zona de producción.

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