10 sept. 2010

Tártaros.

A ver si documento el hecho, que figura en mi memoria, relativo a un pariente que en la primera mitad del siglo pasado hizo fortuna con los tártaros.

La señora de haber vivido, hoy cumpliría los 100 y no recuerdo exáctamente si en sus relatos se refería a su entonces difunto marido o a su padre, aunque observando aquel elevado nivel de instrucción, saber estar y buenos modales, diría que aquello lo había mamado.
O al menos es lo que a aquel preadolescente le sorprendía: La vajilla de porcelana, las cuberterías de plata, los muebles macizos, las mantelerías de hilo, la señora del servicio y el sifón y la botellita de vino que jamás faltaba en las dos comidas diarias que legislaban la casa. Porque ya podían ser vendimias o fiestas del pueblo que ella a las dos y a las diez bendecía la mesa y había que tener una excusa importante para no asistir con puntualidad.

Fuese su marido o su padre, la mujer contaba que aquel hombre montaba la bicicleta en el tren en la estación de Cenicero y bajaba en la de Vigo para visitar a los clientes gallegos con frecuencia, en exibición orgullosa de sus valores vertebrados por la convicción a fe ciega de la obtención del éxito a través del trabajo.

Para que no se líen con globulinas, proteinas, sales, ácidos, cargas eléctricas, etc. Les resumiré que los tártaros son sales que impregnan las paredes de los depósitos que han contenido vino y son útiles en la repostería y en la medicina. Sabiendo ésto es más fácil comprender aquel negocio entonces incipiente.

Y hablando de tártaros: Cuenta la mitología que el Tártaro es un infierno con tres noches, un pozo profundo, tan profundo y oscuro al que dejando caer un yunque desde la superficie de la tierra tardaría nueve días en llegar, el mismo tiempo que le costaría caer del Cielo a la superficie.
¡¡¡Arriba esos mineros!!!

4 sept. 2010

Hacienda somos tontos.


Poner unas cajitas de vino en un domicilio de Düsseldorf cuesta tres días, el lunes las recoge el transportista en Logroño y el jueves ya puedes descorcharlas ahí, en Alemania.
Claro que para exportar cualquier cantidad de vino, necesitas rellenar un documento de acompañamiento por aquello de los impuestos especiales, ya saben, el alcohol, el gasóleo, esa clase de cosas de las que hay que proteger al ciudadano, supongo.

Cada vez que paso por el arco eléctronico de la Delegación consulto la agenda,
no sea que vaya a dar algún plantón a cualquier cita anterior a las dos, que es cuando cierran.
Pero esta vez fui confiado y directo a comprar el 503 al mostrador correspondiente. Así que
cuando la señora o señorita, no quise ni preguntar, me juraba y perjuraba que tenía que subir a la segunda planta a pedir un permiso especial para que me vendiera el impreso, pensé que se trataba de alguna gilipollez de esas con las que tanto reimos en los programas de cámara oculta. Como me dijo que lo debía de pedir en Aduanas ya me imaginé que podría tratarse de cualquier absurdo.
Y miren que uno está acostumbrado a estas aplicaciones de leyes aduaneras, que si un viaje a comprar el impreso, otro para que te den un número para el pedido, otro para la recepción de la mercancía y otro, más tarde, para liquidar el iva. Y eso contando que cada vez encuentres a la persona adecuada para cada trámite. Aunque he de reconocer que últimamente se está informatizando algo el asunto y algún viaje que otro se va ahorrrando.
Pero el puto 503, ni siquiera lo puedes descargar, sino que
necesitas que cualquier funcionario del departamento te rellene una
cuartilla con el nombre y los datos que tú le digas, no te piden ni el dni, para que vuelvas a Impresos y, también sin presentar ninguna documentación, te lo vendan.
¿A que aburro?

Para quién no crea en aquella leyenda de los electrodómesticos- ya saben que como se compraron a la vez, comienza rompiendose la lavadora, le sigue el frigorífico, al poco el lavavajillas y hasta la tostadora al mismo tiempo- o las desgracias nunca vienen sólas, les contaré que en el plazo de quince días voló el espejo de la furgoneta en plena autopista, se estropeó el motor del elevalunas del copiloto, petó sin solución mi ordenador portátil y se partió la llave en el bombín de la puerta que cierra las bicicletas.¡Menos mal que para esos casos esán las aseguradoras!

Obviando las minúsculas letras de los contratos que rigen las polizas, las salidas de cerrajeros a no menos de 40 euros y la cualificación técnica de varios gremios, me queda un poso deee ¿Cómo lo diría? ¿Fraude normalizado?
Tampoco es que me haya caído de un guindo, que estoy en la calle vendiendo y compruebo cada día como el furgonetero le llena de vino el almacén al empresario de los módulos- Los módulos, ya saben:Esa compensación fiscal, al buen tuntún que estima el volúmen de negocio en función de las dimensiones físicas que uno enseñe y que ningún político se atreve a tocar- Pero claro, al menos en ésos casos, los defraudadores se conocen entre si. No como en distintos casos de mis desventuras, que sin conocerme de nada me han preguntado, con toda la naturalidad del mundo por si quería o no factura.