28 may. 2010

Riojalibre.

La mezcla de vino con frutas y azúcar ha formado parte de la cultura española desde la antigüedad, pero no fue hasta los primeros 60 cuando Rioja Santiago consiguió estabilizar relativamente la sangría para el embotellado. Digo relativamente, porque cuenta la leyenda que unas botellas de sangría Yago, almacenadas al sol en un escaparate de un establecimento norteamericano, causaron una explosión, sin perdida de vidas humanas, pero que fue peritada en los tribunales.

En aquella época de explosión del sector turístico español, como todo viajero siempre quiere llevarse una parte de sus vacaciones a casa, el mercado-sobre todo el norteamericano- acogío con avidez aquel líquido en botella triangular y Rioja Santiago, me consta que hizo con ésto las américas. Algo tendrá que ver que con posterioridad la empresa Pepsi- Cola llegó a hacerse con la bodega riojana.

Mientras la sangría causaba furor en America, las bebidas gaseosas de cola lo hacían en España, que se estaba pasando del sifón para acompañar el vino a la gaseosas locales endulzadas, luego con sabores a limón, naranja y por supuesto a cola.
Del Sanités se paso a las fábricas de gaseosas, que como en aquellos tiempos el transporte funcionaba como funcionaba, ni mejor ni peor que hoy, pero mejor cuanto más restingido a la zona de fabricación, existían fabricas ubicadas en la zona de consumo. La Riojanita, La Pitusa, Konga eran algunas fábricas locales que comenzaron a embotellar gaseosa con sabores de naranja y de limón, pero Coca-cola, Pepsicola y la Schweppes ya estaban ahí con su plan.

En estos territorios se bebía muchísimo más vino que gaseosas varias y que por supuesto cerveza, pero ya los niños de entonces, que ya no pertenecíamos a la época del hambre, buscábamos un espacio entre los consumidores.
Tras la efervescencia de las gaseosas y mientras nos hacíamos hombres, parecía obligado encontrar una alternativa refrescante espirituosa, porque aquello de potear con copas de coñá o anís- que era lo que se llevaba entonces- requería al menos unas tragaderas importantes o un saber beber sorbo a sorbo controlado fuera del alcance de adolescentes y jóvenes ansiosos.
Así llegó la época de los combinados y el whisky promovidos a bombo y platillo desde el cine holliwoodiense y por las multinacionales.

Los cuba -libres, los gin-tonic, el gin-kas, de limón claro, naranja con coña´(¿Destornillador se llamaba?), batido de chocolate con coñá, vermouth blanco con wodka, pepermint con licor 43 y granadina era un semáforo, etc.
Las multinacionales norteamericans iban dando con los refrescos y no les importaba que la gente mezclara sus fórmulas mágicas con cualquier cosa. Hasta con vino. Y es que si se tomaba el vino con sifón, a ver por qué no se podía meclar con gaseosas de cola dulcecitas que hacían las delícias refrescantes de quienes en muchos casos veían el vino como una bebida asociada al alcoholismo, mejor dicho al borrachismo, quizás por ser un consumo extendido en la población de una zona productora como ésta.

Y así nació el riojalibre que camuflaba el vino entre la gaseosa oscura y acercaba a quien lo tomaba a un estatus diferente, alejado de consumos trasnochados en la búsqueda de una nueva idea de progreso, en la que el vino, a pesar de que en muchos caso era el sustento, no era una bebida que determinara un estatus social al que aspiraba la sociedad rural que huía de lo tradicional y del reciente desastroso pasado, buscando el desarrollo e intentando parecerse a otras sociedades que en libertad, desarrollaban con más rápidez la calidad de vida.

Tampoco el rioja-libre tuvo demasiado éxito, claro que teniendo vino que estaba al alcance de cualquiera y siendo el combinado más barato de la barra, aquello no quedaba muy in. Tuvieron que ser nuestros vecinos del norte que lo rebautizaron como kalimotxo, quienes sacaran adelante el consumo de la mezcla y que por cierto se ha ido incorporando en los últimos años al botellón entre los más jóvenes y por tanto denostado por ruido, suciedad y barbarismo.
Porque aunque hubo un momento en el que pusieron en los garitos aquellos polvos con cola que vendían como kalimotxo en un grifo como el de la cerveza y los vendían servidos en cachis de plástico a precio de cóctel bien preparado en una terraza vip, la juventud optó por el brick de 1 litro a medio euro y la litrona de refescante.

Así que déjenme retorcerme de risa cuando oigo que beber kalimotxo es un signo de que la juventud se va intoduciendo en el consumo de vino o al menos el primer paso.

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